Comunidades virtuales
Algunos autores (Hamman, 1997; Reinghold, 2000; Hine, 2004) han relacionado el auge de las comunidades virtuales en Internet con la pérdida de lo que se conoce como “terceros lugares”, lugares que sin ser los espacios familiares y de trabajo, son vitales para la socialización, la vida cotidiana informal. Así, centros de ocio, iglesias, plazas, parques, bares, son espacios cada vez menos recurrentes. Pero, debido a que estos espacios en recesión constituyen sitios imprescindibles para la vida, estos sociólogos y antropólogos afirman que las relaciones y el intercambio en el ciberespacio y la formación de comunidades en Internet a través de las tecnologías digitales, han venido a yuxtaponerse e, incluso, a sustituir las funciones tradicionales de los terceros lugares. Estos nuevos espacios de socialización emergen al calor de intereses compartidos, los cuales, aunque en su mayor parte también se comparten en la realidad presencial, adquieren un potencial comunicativo y de identificación personal cualitativamente diferentes.
Frecuentemente las agrupaciones suelen tener intereses poco comunes o un tanto excluidos de la sociedad, inclusive con cualidades delictivas o prohibidas. Estos espacios de socialización son creados a partir de intereses y a veces trascienden las fronteras del mundo virtual y tienen lugar a reconocimiento en el mundo físico. Estas agrupaciones pueden crear mundos tan reales que a veces sus miembros viven de esta, como es el caso de algunos juegos en línea que permiten la comercialización de accesorios virtuales con dinero real.
Las comunidades virtuales se rigen de características completamente distintas a las del mundo físico (Ruiz, 2005). (a) Son comunidades desterritorializadas. Esto significa que las personas están ausentes, y por tanto, no están junto con el etnógrafo. Es la antítesis del “estar ahí” etnográfico de Geertz (1990), razón por la cual, este paradigma podría ser demoledoramente cuestionado en la era digital y afectar al fundamento epistemológico de la antropología social si ésta no es capaz de prescindir de la presencialidad territorial. (b) La geografía es contingente pero no determinante. Se deduce que entre la textualidad de la pantalla y un individuo situado en un lugar hay una relación de correspondencia, el cuerpo y el territorio existen. Pero ni el lugar ni el cuerpo determinan la existencia de la comunidad, Ciberetnografía: comunidad y territorio en el entorno virtual no son su “punto de partida o constreñimiento” (Lévy, 1998: 29). La comunidad virtual no está fundamentada en el territorio, sino que es desde el principio “guiada por pasiones y proyectos, conflictos y camaraderías” (ibidem: 29). (c) Sus miembros son ubicuos y el conjunto es irrepresentable. No se trata de que la gente esté en todas partes, sino que la comunidad virtual se identifica simbólicamente con cualquier lugar del mundo o con un dominio lingüístico. Por su extrema complejidad, no se puede representar sobre un mapa o plano, por lo que hay que imaginársela sin la ayuda de lo icónico. (d) Los nuevos sistemas de comunicación digital imponen un ritmo diferente a los intercambios en las comunidades virtuales. Así, la velocidad del registro y la transmisión se ha revolucionado, así como los planos comunicativos y sus cualidades. Con ello, surgen nuevas formas de relacionarse, tales como las conversaciones paralelas en pantallas simultáneas, los diálogos caóticos e irrecíprocos, o los intercambios masivos vinculados al hipermedia. (e) La interacción social tiene poca inercia y suele carecer de lugares referenciales fijos.
Los intercambios carecen de un punto de orientación estable y sus móviles miembros pueden aparecer cuándo y dónde quieran, o sólo hacerlo una vez y esfumarse. (f) Los sujetos son anónimos y se presentan con identidades múltiples. Existe una subjetividad creativa, una formación de identidades sociales “a la carta” según los caprichos o los fantasmas de los individuos.
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